jueves 8 de marzo de 2012

Discovery y las lógicas del mercado televisivo.




Para salir al paso de los debates sobre la televisión siempre he considerado algo bastante simple, y que puede resonar como un argumento tremendamente facilista: No importa dónde se pierda Odiseo, la historia es la misma desde Aristóteles.

Para evitar axiomas correctivos, (usados en su mayoría por lectores caza gazapo), no menciono a Homero, porque si bien su poderosa obra resonará por siempre como tal vez el antecedente más importante de la narrativa, es Aristóteles quien nos permite recoger la praxis en las lógicas de una estructura dramática eficaz. Considerando la anterior explicación, valdría la pena sentenciar en pseudo párrafo: la historia, siempre, es y será la misma; cambian los personajes, su decorado atmosférico en tiempo y espacio y por supuesto la calidad de sus metas. La teoría de los agentes es eterna.

Explicado convenientemente el argumento que sustenta el siguiente análisis, me dispongo no a debatir, como si a defender la lógica de la nueva serie del canal de exposición y descripción científica y cultural más importante en la actualidad: Discovery. Para ello, intentaré describir de manera breve las lógicas de usos y gratificaciones aplicadas por José Igartua, las reflexiones de Mary Douglas referidas a la aceptación tácita de los manifiestos mediáticos y la operación que desnuda los criterios radicales de la corriente ilustrada liderada por Pierre Bourdieu.

Todos, por algún motivo, tenemos una relación de uso con el canal Discovery. Más que una opinión, en algún momento hemos visto al menos una de sus series, al menos uno de los capítulos y al menos uno de los programas especiales. Debemos advertir entonces que el grado de eficacia de dicho contenedor va más allá de la opinión que sobre él tenemos. Lo degustamos con atención a que es glamoroso, polisémico, claro y preciso; impecable en su técnica, pero ante todo, natural en su discurso. Discovery, sabe de contar historias, esa es sin duda su mejor herramienta. Algo que paradójicamente, algunos o no parecen advertir o no quieren entender desde el más raso sentido común.

En los últimos días Discovery ha presentado una de sus nuevas producciones, Extrañas formas de morir, algo que produce cierto nivel de curiosidad por parte de aquellos que asistimos al lenguaje gore de Mil Maneras de morir, del canal Infinito en Latinoamérica. La polémica entre los cazadores de originalidades, se concentra en la carencia de innovación en formato y contenido. Si comprendiéramos que una cosa es el invento y otra el descubrimiento, entenderíamos de paso que debemos ser innovadores en una era donde prácticamente todo está inventado aun sin haber regresado el hombre a la luna. Discovery, en este sentido, es original en todo el amplío sentido de la palabra. Nos encontramos ante una dinámica del mercado que exige que los productos televisivos sean consumidos en razón de sus costos, y los grandes conglomerados network no son ajenos a ello.

Recientemente, la página Kienyke.com, hizo pública una columna donde su escritor confesaba que hacía sacrificios para ver algunos programas. Sin dar mayor vuelo a estos argumentos retóricos, no correspondientes al análisis, fungiré como amigo de lo ajeno al igual que lo hizo el autor, es decir, citaré una frase de Bourdieu para explicar la lógica de esta industria. En Sobre la televisión, el señor Bourdieu explica “…la lógica de la competencia y el rating, lejos de conducir a la diversidad (como ocurre en otros ámbitos del mercado), termina por homogeneizar la oferta debido a la identidad de anunciantes y público que hay entre los canales.”

Como sabemos, Bourdieu propone que la metástasis de los modelos neo liberales de las industrias culturales, no le da paso a la creación. Siempre he diferido, si fuera así de cierto, no existirían refrescantes propuestas como las que analizamos. En el artículo de Kienyke.com, José Fernando Flórez se despacha contra Yo me llamo y Colombia tiene talento; si entendiera el concepto de segmentos de audiencia, entendería el porqué de esta dinámica, pero lo importante es que su desfase analítico me permite citarlo convenientemente para este ejemplo.

Discovery está recorriendo el camino de Infinito, esto es, proponer a sus usuarios asiduos un tipo de relato basado en las diferentes y curiosas formas que tenemos de morir y que en las lógicas del consumo, ha sido aceptado socialmente por otros televidentes en otros canales. Para entender esto, permítanme una metáfora cercana. En la ciudad de Medellín, era normal encontrar los oficios en las mismas calles; de esta manera, los usuarios no tenían que ir muy lejos si su sastre o su barbero estaban ocupados. El local vecino era ocupado por otro sastre o barbero que le ofrecía el mismo bien o servicio. De esta forma, había, trajes y cortes, tuercas y tornillos, empanadas y cafés, muebles y funerarias para todos. Lo que hace Discovery es ofrecer el mismo contenido en otro empaque, no por carecer de creativos, sino por entender que tal vez, su segmento de público también podría ser tocado por esta curiosa forma de naturalizar el paso al más allá. Aquí entra Mary Douglas y la quiero citar para ser un poco asertivos en los argumentos cuando queramos generar polémicas: “…es más sencillo que los esquemas y las dinámicas institucionales se repitan desde sus tradiciones y costumbres operativas, ya que cambiar el rumbo predeterminado exige mayores competencias que complejizan el pensamiento y podrían no cumplir con las expectativas generadas.”

Podría pasar aquí por el tamiz estertor de los creadores audiovisuales, sin embargo, para su probable descontento, va un argumento lógico: la industria cultural televisiva, no por soportar la tarea no asumida por otras instituciones, deja de ser industria; es decir, no por admitir su sentido social y las premisas que antaño le exigían que informara y educara, deja de ser un productor de contenidos que debe y necesita asumir sus costos operacionales. Aquí entra don José Igartua.

¿Qué nos lleva a ver la televisión? Han sido muchos los autores que desde las teorías de recepción analizan los vínculos desde la inducción emocional, pero la mayoría, coinciden, como Igartua en cinco aspectos básicos

· Entretenimiento

· Instrucción socio – moral

· Escape

· Compañía

· Costumbre y hábito

La curiosidad y la emoción son determinantes fundamentales para acceder a ciertos contenidos audiovisuales. En la mayoría de las ocasiones no accedemos a la televisión con citas previas, simplemente nos dejamos llevar por lo que nos pueda ofrecer. Eso fue lo que un día fue presentado por Infinito al proponer la propuesta de Spike estrenada en 2008. El modelo, franquiciable en toda su dimensión, ha sido asumido de manera orgánica y llevado a otro plano en Discovery Channel Latinoamérica. Si aceptamos la valoración del estudio de Igartua, donde las premisas analíticas atienden un complejo nivel de análisis, veremos que todos los canales, incluso aquellos a los que otorgamos altos niveles de calidad, son iguales en sus aspectos operativos.

La ecuación del profesor se basa en analizar las dimensiones subyacentes de las preferencias, oponiéndolas a las estructuras motivacionales, para asociar en qué nivel o no se responde a las hipótesis sobre el consumo televisivo. Vemos entonces cómo los informativos temáticos son los que menor nivel en la media estadística obtienen, siendo superados por la televisión de ficción seriada.

Si advertimos que la estructura basada en procesos ficcionales sustenta su éxito en operaciones de verosimilitud, entenderemos que este tipo de programas, que atienden a episodios basados en hechos reales, son legitimados como historias irreales o de ficción. Es decir, el proceso del pacto asumido por el televidente, lentamente se diluye en el texto audiovisual que lo ha citado para terminar siendo una historia más. Es allí donde regresamos a Aristóteles: la ley de los agentes narrativos es invariable.

Discovery lo entiende así, lee el contexto de su instalación y se atreve porque puede hacerlo. Es por ello, que hace bien en ofrecer un tipo de relato/formato al público que por defecto, prejuicio y escala de valores no ve en Mil maneras de morir una apuesta seria.

Si me preguntan como investigador, Discovery es valiente en permitir acercar a su ventana narrativa un formato entretenido para ver la muerte. Si me preguntan como televidente, me quedo con Mil Maneras de morir.

miércoles 15 de febrero de 2012

¿Quién gana y quién pierde con la eliminación de la licitación por el tercer canal comercial*?



Podría ser una pregunta apenas obvia, de un alcance económico y social trascendental (de poderse responder con certeza), y que paradójicamente, no aporta mayores luces a nuestra parcial manera de ver las cosas.

Para comenzar, debemos decir que los primeros perdedores, como siempre, somos los colombianos que desprevenidos, tan solo atinamos a decir alguna frase desde el escenario común de pedir un poco de respeto. Puede que seamos varias las golondrinas, sin embargo, ya no alcanzamos en esta fragmentación de la opinión, sesgada, polarizada y tremendamente individual aunque con pose de común y preocupada por la sociedad.

No ha existido un momento en la historia del hombre donde se pueda percibir de manera tan precisa, el profundo desmembramiento de las ideas. Hoy creemos en una corriente política, y mañana nos desfiguramos con ella. Hoy creemos en una teoría, y sin ofrecer argumentos cedemos ante una nueva. Hoy decimos tener una causa, y muy fácilmente, en un par de minutos estamos ante el escenario de unirnos a otras causas, donde por desgracia, prima más el esnobismo del tirapiedra mediático que el activismo para al menos pensar en una salida. Ese es el particular accionar de las polémicas en los medios. La pregunta concreta es ¿cuál polémica?

La licitación por el tercer canal, operada por la empresa fachada de la educación y la cultura más grande hasta ahora creada en Colombia, como lo era (o lo será hasta abril) la Comisión Nacional de Televisión, fue decretada nula por el Consejo de Estado por una circunstancia que ante su obviedad, demanda aun mayores y más profundos cuestionamientos: la concesión violaba los principios de selección objetiva que debe perseguir la contratación estatal.

¿Cómo es posible, (no hace falta ser un experto en algún nivel en alguna disciplina en particular) que se pretendiera otorgar el beneficio de la operación del nuevo canal a través de una subasta con un (1) solo proponente? La razón por la cual El Consejo de Estado dilató la revisión de este proceso, solo la conoce en su interior la sala plena de dicho estamento. Especular aquí sería cometer el mismo error que cometen los periodistas que ante la más mínima oportunidad de encender alarmas con respecto al posible detrimento del patrimonio, lanzan hipótesis apoyadas en testimonios a medias, donde se determina que “como siempre, los colombianos terminamos pagando eso.” Los colombianos pagamos eso, y mucho más, pero ante todo, los colombianos debemos una reflexión sobre la actitud pasiva que ejercemos sobre un bien público. Con tanto ruido de los llamados colombianos “preocupados”, los únicos que pierden, si acaso pierden algo en este terreno de las nuevas ofertas, son las nuevas generaciones de colombianos, pues nos hemos convertido en expertos opinadores de lo que determinen Julio, Darío o Vicky como valido, en su oficio de perros guardianes. El problema es que no hemos escarbado lo suficiente el hueso.

Desde el mes de marzo de 2008, los colombianos sabíamos de la intención de abrir licitación para la llegada de un tercer canal. Como es de esperarse, en el reparto de la torta de anunciantes, Caracol y RCN perderían sustancialmente su good will arguyendo que supuestamente “el mercado nacional no soportaría un tercer concesionario”. Esta razón desnuda su filosofía del menor esfuerzo en favor de un mejor producto. Un tercer canal favorece la oferta, pues los canales compiten con la calidad de su programación, y sobre esta base de la ley del mercado y los consecuentes usos y apropiaciones que ejercen los televidentes, no hay discusión. El ex - Ministro de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, Daniel Medina, dijo claramente en declaraciones a una cadena radial, que “el tercer canal estaría en operaciones en los primeros días del 2011” teniendo en cuenta las intenciones de Planeta, Prisa y Cisneros. Como ya sabemos, dos de los licitantes se retiraron por falta de garantías, algo que a mi juicio, es de aplaudir dadas las conocidas falencias de la CNTV para determinar el accionar de la industria televisiva en Colombia. Luego de casi cuatro años, el anuncio de anular la licitación, según los medios, “enciende la polémica”.

¿Cuál polémica?

¿Alguna vez hemos protestado por los más de 300.000 mil millones de pesos invertidos al año en una televisión “pública” que no vemos?

¿Alguna vez hemos protestado por los estatutos de los canales públicos que permiten que cada administración gubernamental elegida determine los contenidos de su programación?

¿Alguna vez hemos protestado por la suspicaz agremiación de los canales regionales para acceder al Fondo Nacional para el Desarrollo de la Televisión?

¿Alguna vez hemos protestado porque el mismo fondo no sea asignado de manera equitativa en los canales locales de interés público, social, educativo y cultural sin ánimo de lucro?

¿Alguna vez hemos protestado para que eso que se llama “público” sea de libre acceso a la comunidad y en justicia sea imparcial y democrático?

¿Alguna vez hemos protestado por el monopolio que se ha creado en la agremiación de los canales comunitarios?

¿Alguna vez nos hemos preguntado qué es lo público?

Solo por esta ocasión me gustaría saber cuál es la verdadera polémica en la voz de los intereses de los monopolios de los medios. Solo por esta vez me gustaría saber que pierden verdaderamente Prisa, Planeta y Cisneros porque los colombianos ya perdimos lo suficiente por nuestros buches y nuestras plumas.

*en Colombia no existe televisión privada, ley 182 de 1995 y artículo 365 de la Constitución Nacional.

domingo 6 de noviembre de 2011

De los “doctores” de la Universidad de Macondo.

Hace poco más de un mes, en un mensaje de texto a través de mi celular, me enteraba que no había sido considerada mí propuesta doctoral por el Departamento de ciencia, tecnología e innovación de Colombia. Horas más tarde debatía con otro prescindible, de manera tranquila, sobre esas razones que tratan de paliar la impotencia de saberse prescindible por el rector máximo del pensamiento científico nacional. Entre otras cuestiones, les excusábamos no considerar una investigación cualitativa por su interés irremediable de generar conocimiento científico especializado y maquilado sobre cuestiones más pragmáticas en el terreno de la industria y la alta competitividad tecnológica. De otro lado me preguntaba, obviamente, ¿por qué no es posible considerar el análisis cualitativo de las nuevas audiencias audiovisuales en un intento por hacer de la televisión pública una industria cultural eficaz? A fin de cuentas, también es una industria. La etnografía y otros métodos en eterno debate por su cientificidad serían mis instrumentos con el único ánimo de curar la grieta entre los televidentes y esa supuesta “buena” televisión. Creo que así pensamos los que queremos generar un conocimiento que permita a la sociedad no sólo reflexionar desde el diagnóstico sino además beneficiarse del alcance de sus hallazgos. Sin importar que Colciencias me diera la venia o no, decidí continuar con mi idea de marcharme para ampliar mi conocimiento teórico alrededor de la industria de los medios. Fue entonces cuando vi en las noticias que cuatro periodistas deportivos recibían su doctorado honoris causa por su invaluable labor. Carlos Antonio Vélez, Hernán Peláez, Wbeimar Muñoz e Iván Mejía, hoy son doctores certificados y refrendados por el diploma que así lo confirma. Me parece una especie de inocentada, pero la tradicional celebración está adelantada un mes. Son cerca de las ocho de la noche, y en la pantalla de televisión de una sala de espera en un aeropuerto, en la sección de deportes, nuevamente se comenta la noticia: la Universidad Autónoma del Caribe les ha otorgado el dignísimo título. Al igual que lo hiciera con el excomisionado de televisión Ricardo Galán. Tengo sentimientos encontrados pero quiero encontrar las palabras concretas. Las más justas y precisas, debo atemperar un poco la prosa de la queja para no ser vapuleado por la mala interpretación. Han pasado unos cuatro días. Es hora de desparramarme en el mismo teclado en el que me he dedicado a escribir artículos, tesis, y las reflexiones propias de un académico.

Apegado a las condiciones de las ciencias del lenguaje que permiten comprender los alcances de ciertos conceptos, creo que sería valido asegurar que todos entendemos el concepto honoris causa como una designación del más alto grado, otorgada a personas con cualidades humanas del pensamiento excepcionales. No tendríamos que ser, etimólogos, lingüistas o hermeneutas para aceptarlo. Lo anterior le da pie a la pregunta objeto de este ensayo: cuál es la contribución de los homenajeados para merecer tal imposición. Quisiera que cada uno de ustedes ofreciera su propia especulación. Yo tengo varias, pero mi madre siempre me enseño que el fútbol era un deporte poco caballeroso y de una alta dosis de barbarie dentro y fuera del campo. Sin duda hablaba del fútbol colombiano; y lo digo no por el afán evocador del fútbol extranjero o las desventajas comparativas con otras ligas. Lo digo por su contexto. Por eso, prefiero no ofrecer mis razones.

La irremediable pregunta que se me plantea está en el terreno de mi oficio, donde una serie de competencias y destrezas son evaluadas a través de cierto plan de formación para ser especialista, magister, doctor y postdoctor. Una vez terminamos nuestra formación como profesionales, nos actualizamos en ciertos campos adquiriendo conocimientos. Sin embargo, al final de nuestro proyecto de tesis como futuros Magisters, entendemos que nos encontramos en el camino de producir conocimiento nuevo y relevante a la sociedad. ¿Han producido estos señores un nuevo pensamiento en su oficio? La tercera pregunta la tengo que hacer desde el conocimiento que creía tener sobre los perfiles valorativos del Ministerio de Educación para emitir estas distinciones. ¿puede una universidad otorgar un título honoris causa en un grado que no ofrece? Nuevamente, no debatamos, sólo especulemos a discreción. Necesariamente surge una cuarta pregunta, ¿el Ministerio de Educación Nacional autoriza estos títulos? Y de ser así, ¿por qué?

Quisiera ofrecer una respuesta menos decepcionante, pero en realidad creo que todas las cuestiones que vienen a mi cabeza, y no ofrecidas en este apartado, por respeto, se resumen en una sola cuestión: sólo en un país como Colombia podría pasar todo lo que pasa.

Surgirá en ustedes una quinta pregunta ¿por qué me ofende el homenaje a estos cuatro periodistas deportivos? Y la respuesta es muy simple. Porque paso horas sentado tratando de escudriñar modelos de pensamiento nuevos, analizando posibilidades pedagógicas y nuevas gestiones de procesos para hacer de las destrezas de los estudiantes competencias más cercanas a la industria. Porque me pregunto que influye en una comunidad para determinar su identidad cultural a través de los medios. Porque participo en la probable formulación de nuevas teorías sobre lo que es y no es la neo televisión. En pocas palabras, porque mi oficio es ofrecerle respuestas a la sociedad. Como lo dije anteriormente, no ofreceré mis probables tesis al por qué del título a estos señores, sólo diré lo que ya se puede inferir: su título es no sólo inmerecido sino una muestra irrefutable del clientelismo burdo nacional. Es una afrenta a la academia y una completa irreducción al significado de ser un Doctor.

Por otro lado, qué otra cosa podría esperarse en Colombia. Desde hace bastantes años conocemos a Carlos Antonio como “el profe.” (¿tenía alguna necesidad la Universidad de Macondo de refrendarlo? ) lo cual confirma que en este tropical terruño, cualquiera es Dr.

No hace falta ser médico, abogado o Phd, para que te digan por ahí “Doctor”.

Sigo pensando en mi doctorado, no para que me digan doctor o porque se incremente mi cuenta. Por fortuna hace mucho tiempo sé que son fútiles expectativas. Mi deseo es poder ofrecer una posibilidad de incrementar la eficacia de una academia. ¿necesito de mi doctorado para hacerlo? Infortunadamente sí. Conozco decenas de profesionales que serían mejores catedráticos que los conocidos “piratas” con los que a diario debo convivir, y puedo dar fe que serían mejores formadores por su invaluable conocimiento, pero las instituciones están diseñadas en la “doctoritis”.

Hice mi tarea antes de decir cualquier apretujada opinión, y encontré doce nombres honoris causa otorgados por la Universidad Nacional entre 1946 y el 2009, entre los que se encuentran Fernando Vallejo, Orlando Fals Borda, Alberto Lleras Camargo y Noam Chomsky. ¿Les dice algo alguno de los anteriores nombres? Apuesto que sí, y lo mejor es que sus nombres resuenan sin tener un micrófono como los otros cuatro, cuya única tarea es la de exponer lo absolutamente visible, lógico y lleno de sentido común que hay en el desarrollo de un partido de fútbol.

"De la radio de antaño sólo queda el recuerdo" dijo el Phd Muñoz, que se me permita sugerir un gazapo retórico, pues él mismo hace parte del presente de ese periodismo que se ha repetido por décadas. Si nos referimos a la vernácula sentencia de todo pasado fue mejor, deberíamos darle parte de derrota a la integridad, la ética y los principios. Al final, acepto que a nadie le importará el debate si no se empaca en cientocuarenta caracteres.