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Por estos días, hemos oído en radio bastantes elogios al proceso plenario que se sigue en el Congreso en torno a la Comisión Nacional de Televisión. Se habla de su probable cierre y de su reestructuración a la sombra del nuevo (y modernizado) Ministerio TIC.
No hay que ser un experto analista para emitir juicios ante el eventual cierre. La desaparición de la CNTV nos beneficia a todos los colombianos. Es errática, omnipresente y se vanagloria de su omnipotencia.
Sus estrategias de control son absurdas y no ocultan (tampoco se preocupa por hacerlo) el clientelismo subyacente. Qué lógica tenía seguir ofertando una licitación, para el tercer canal nacional comercial abierto, con un único proponente. Tampoco implica esta opinión, una felicitación a la decisión de la Sala Plena del Consejo de Estado que el pasado 22 de marzo detuvo el proceso. Es una continuación obvia de la miopía administrativa que existe alrededor del tema de la televisión en nuestro país. Miopía alentada, en ocasiones, por la ceguera académica de algunos “expertólogos” del “educar, informar y entretener” televisivo.
Pero sigamos con la CNTV. Sus mecanismos de pseudo-promoción son inoportunos y ostentosos. Comerciales, cartillas, debates, logos en presentaciones de Power Point de directores de asociaciones de canales comunitarios y conferencias de “técnicos” expertos sobre “el futuro” de la televisión, son tan solo indicadores de gestión. Esos que sustentan su “operatividad”.
Lo que más molesta es su vigilancia y control. ¿Qué vigila la Comisión? ¿Qué controla la Comisión? No hay que ser un experto para hablar como televidente: Nada en absoluto.
Cómo es posible sancionar un Canal sin ánimo de lucro por promover el análisis de la pornografía televisiva. Es decir, la libre promoción de imágenes de sexo y violencia, por sí solas, no son objeto de sanción o censura, pero referirse a ellas, al parecer lo es.
Tratar de entender la lógica de la Comisión, no es complejo. Si aceptamos que todavía existen “asesores” de la educación y la cultura, que no han comprendido la lógica del consumo televisivo, es apenas obvio que la CNTV se haya valido de premisas de comportamiento social cobijadas en ciertos cánones de lo “moral”. Al fin y al cabo estamos en el país de las buenas maneras y costumbres, según parece.
Creemos que desmontar una entidad con autonomía de operación, en un país donde la mayoría estamos satisfechos con lo que nos ofrece la televisión (los únicos inconformes son algunos profesores y periodistas que al parecer no han cambiado las baterías de su control remoto), es toda una quimera. El Estado funciona de acuerdo a la “competencia” de sus entidades, y en ese sentido, es una fantasía que el Congreso clausure una Comisión que hace comerciales y cartillas, ofrece foros, produce y patrocina programas (que nadie o casi nadie ve), y representa el trabajo de delegados “expertos” en televisión de entera confianza para los agremiados.
La última noticia de la CNTV proviene del aplazamiento en la elección del Comisionado representante del gremio de actores, directores y libretistas hasta diciembre. Cabe entonces la especulación. ¿Planea el gobierno ahorrarse los casi doscientos millones de pesos que tendría que cancelarle a este corporado eligiéndole hoy? ¿envía el Estado una señal inequívoca de su deseo de acabar con la CNTV?
Solo esperamos que algún día alguien represente los intereses de nosotros los televidentes y no interprete diagnosticaciones teóricas absurdas de estudios técnicos que año tras año arrojan el mismo resultado: los efectos de la televisión dependen del contexto que rodea la industria.
jueves, 21 de abril de 2011
miércoles, 20 de abril de 2011
La televisión, la comunidad, lo público y lo no tan público de nuevo por acá.
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Bastará con decir que por acá estamos de nuevo. En un momento en el que consideramos que mucha teoría ha corrido bajo el puente de nuestra formación, y en un lugar que nos invita a reflexionar a plenitud las dinámicas televisivas. Nada como regresar a la academia, para entender y reafirmar las razones por las cuales hemos asegurado, sin temor a equívocos, que la televisión de interés público, social, educativo y cultural en Colombia, es bastante ineficaz y de dudosa calidad.
Es estimulante que después de este largo recorrido, nos hayamos topado en algunos recodos con personas como Omar Rincón o Jorge Iván Bonilla. Es vibrante encontrar personas que con su aliento han sido mucho más que “pares académicos”. Han sido cómplices y en ocasiones “ilustradores” que han dibujado otras rutas para entender entre todos por qué no vemos esa televisión que otros, desde su miopía comunicativa, llaman la televisión “inteligente”.
Nuestra pausa en el blog es fruto de largas trasnochadas en tesis, artículos y vaivenes propios del qué hacer televisivo. Ha llegado el momento de decir, de nuevo, que nos encontramos ad portas de cambios (incomprendidos unos y desestimados otros) y por lo tanto, es justo y necesario que pensemos en comunidad los alcances socioculturales que conllevan. Luego de dos años, donde hemos trabajado en nuevas investigaciones y propuesto nuevas series para televisión, hemos decidido enfocar nuestras energías en la formación; ¿por qué? ¡Somos altruistas de corazón y oficio!, y claro, son muchos los dogmas, los esquemas y las posturas incorregibles (carentes de evidencias argumentativas solidas) que empujan nuestra decisión.
Estamos a sus órdenes en el programa de Comunicación y Lenguajes Audiovisuales de la Universidad de Medellín, donde queremos formar nuevas generaciones de realizadores y autores audiovisuales dispuestos a sentir que la comunicación televisiva, más que un discurso cerrado es un diálogo en el que convenientemente entendemos las expectativas del televidente. (es increible que en una era donde la convergencia es casi una acción diaria, todavía repitamos esquemas de una vía, convencidos de “hacer bien” sin saber “a quién”).
Por acá estamos, convencidos que la desvencijada y burócrata Comisión Nacional de Televisión solo contribuye en aforismos fútiles y testigos de muchos que quieren escribir sobre el agua sobre las posibilidades, oportunidades y retos de una cosa que no existe como es la TDT.
Buenas noticias vendrán, porque queremos fortalecer con entusiasmo la red de académicos que no repiten “adornianas” sobrediagnosticaciones alrededor de lo “bueno” o lo “malo” de la televisión, y en esa tarea, los beneficiados serán aquellos que siempre hemos querido que se sientan beneficiarios y dueños de lo público: los televidentes.
Mauricio V.
Es estimulante que después de este largo recorrido, nos hayamos topado en algunos recodos con personas como Omar Rincón o Jorge Iván Bonilla. Es vibrante encontrar personas que con su aliento han sido mucho más que “pares académicos”. Han sido cómplices y en ocasiones “ilustradores” que han dibujado otras rutas para entender entre todos por qué no vemos esa televisión que otros, desde su miopía comunicativa, llaman la televisión “inteligente”.
Nuestra pausa en el blog es fruto de largas trasnochadas en tesis, artículos y vaivenes propios del qué hacer televisivo. Ha llegado el momento de decir, de nuevo, que nos encontramos ad portas de cambios (incomprendidos unos y desestimados otros) y por lo tanto, es justo y necesario que pensemos en comunidad los alcances socioculturales que conllevan. Luego de dos años, donde hemos trabajado en nuevas investigaciones y propuesto nuevas series para televisión, hemos decidido enfocar nuestras energías en la formación; ¿por qué? ¡Somos altruistas de corazón y oficio!, y claro, son muchos los dogmas, los esquemas y las posturas incorregibles (carentes de evidencias argumentativas solidas) que empujan nuestra decisión.
Estamos a sus órdenes en el programa de Comunicación y Lenguajes Audiovisuales de la Universidad de Medellín, donde queremos formar nuevas generaciones de realizadores y autores audiovisuales dispuestos a sentir que la comunicación televisiva, más que un discurso cerrado es un diálogo en el que convenientemente entendemos las expectativas del televidente. (es increible que en una era donde la convergencia es casi una acción diaria, todavía repitamos esquemas de una vía, convencidos de “hacer bien” sin saber “a quién”).
Por acá estamos, convencidos que la desvencijada y burócrata Comisión Nacional de Televisión solo contribuye en aforismos fútiles y testigos de muchos que quieren escribir sobre el agua sobre las posibilidades, oportunidades y retos de una cosa que no existe como es la TDT.
Buenas noticias vendrán, porque queremos fortalecer con entusiasmo la red de académicos que no repiten “adornianas” sobrediagnosticaciones alrededor de lo “bueno” o lo “malo” de la televisión, y en esa tarea, los beneficiados serán aquellos que siempre hemos querido que se sientan beneficiarios y dueños de lo público: los televidentes.
Mauricio V.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Lo público sin lugar: Transformaciones y paradojas de la visibilidad
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A propósito del texto “Los media y la modernidad” de John B. Thompson
Por Alejandra Castaño Echeverri
En el capítulo La transformación de la visibilidad el autor aborda el impacto de los medios de comunicación modernos en los avatares de la vida política y social. Su enfoque se refiere a las nuevas formas de interacción propuestas desde los media, de las cuales resalta la innecesaria espacialidad y temporalidad, propias de la interacción cara a cara, y que han impactado las maneras de ser visible con no pocas consecuencias. Afirma Thompson que uno de los efectos de la relación política-medios es el crecimiento del auditorio, por lo cual el político se encuentra expuesto a mayores niveles de control, lo que, si no es manejado estratégicamente, puede resultar contraproducente. Lo anterior es ejemplificado por el autor desde los cambios tecnológicos y de propiedad en los medios, el ejercicio mismo del periodismo y los ajustes que la cultura política ha sufrido en un afán de adaptación y uso eficaz de las posibilidades mediáticas.
Sin embargo, aunque Thompson bordea casi sin querer el tema, omite la relación de los medios con las esferas del poder económico y político, viéndolos como inmunes a las pugnas y conflictos de intereses, a las relaciones de poder.
Lo anterior lo desarrollaré a la luz de las prácticas de la televisión pública en el contexto colombiano donde tener poder es garantía de visibilidad y no lo contrario.
En los medios de televisión pública el ciudadano común no adquiere poder gracias a la visibilidad que el medio le otorga, además si analizamos esa visiblidad, casi que podríamos compararla con la del buen salvaje. El ciudadano del común alcanza la visibilidad en los medios televisivos –públicos y privados- siempre que “su testimonio” dé cuenta de un argumento creado por el productor, el interventor o el patrocinador del programa. El ciudadano del común no puede pedir ni tomarse la palabra, no puede opinar de lo que no le hayan preguntado previamente, no puede participar como individuo en lo que hemos dado en llamar la nueva esfera pública creada por los medios masivos de comunicación.
Lo que ha cambiado con el paso de las épocas y los avances tecnológicos para los medios y con la creación de esferas las públicas virtuales, no ha sido necesariamente la visibilidad en términos de su incremento, lo que ha variado son las relaciones de poder publicadas por el medio, específicamente para el caso de la televisión. En ella, debes ser poderoso para ser visible.
Debemos partir por reconocer que nuestra televisión pública se sostiene sobre la premisa de ser un medio con sentido, con propósitos, una televisión que busca –desde hace más de 50 años cuando lo afirmó Rojas Pinilla en la inauguración de la televisión- el crecimiento en educación y cultura de la ciudadanía. Esta sencilla consideración hace que la visibilidad desde la televisión pública no pueda ser leída como lo hace Thompson, al contrario, ser sujeto y objeto de visibilización por parte de la “buena” televisión concede estatus insospechados y comunidades de legitimación de la opinión que, si no fuera por sus cuestionables modelos de representación, serían mayormente tomadas en cuenta.
En nuestras televisiones públicas son comunes tres tipos de personajes visibles: el funcionario público, el experto académico y el ciudadano del común. El primero, normalmente, es el patrocinador del programa en el que aparece. El segundo es invitado a debatir sobre temas de actualidad e interés común, aportando su mirada erudita y validando sus estudios y disertaciones sobre el tema. El tercero es el caso, el objeto o sujeto representativo de lo que se está hablando –o experiencia significativa, como se nombra en el argot del medio-, es sobre quien recae la acción y nunca quien la propone.
En nuestros espacios publicados de conversación poco es reconocible que vivimos en una época donde se habla desde el género, desde las minorías raciales y religiosas, desde la oposición ideológica y política, lo anterior en un marco donde la democracia ondea bullosa y triunfante y a su imaginario se alude antes de casi cada manifestación de la opinión permitida. Pero, ¿dónde en los medios públicos, específicamente en la televisión, estos grupos antes marginados tienen su propia representación, su propio espacio de participación y opinión? No los hay, y cuando se les conceden es para devenir tema, reducidos en sus características y problemáticas coyunturales.
En nuestra televisión pública resalta la mirada institucional, que es la mirada del patrocinador, del cliente a la vez, es la mirada y la palabra que no admite cuestionamientos, que no admite divergencias. Nuestros reporteros –que no periodistas- poco se asemejan a lo que fueron sus colegas de épocas pasadas, mirando con desdén sus cualidades inquisitivas, indagadoras, cáusticas, deliberantes y denunciadoras.
Los productores y patrocinadores de la televisión pública han cerrado filas en contra de la opinión, a la cual admiten únicamente si es invitada por ellos. La vida real y la información en la televisión pública se desdibuja en imaginarios, su crudeza, siendo secreto a voces, se maquilla.
El funcionario público, fiel creyente de las teorías funcionalistas y conductistas (Laswell, Merton) de la comunicación, encuentra en su espacio pagado el medio idóneo para dar a conocer sus planes y logros, para encauzar las acciones de los ciudadanos desprevenidos, para dar un paso hacia su anhelada transformación social. Dicha visibilidad, tan aplaudida por sus subalternos, sólo logra engrosar sus indicadores de gestión.
Estas manifestaciones han contribuido al crecimiento en la sensación de que lo público, efectivamente, engrosa las propuestas mediáticas de este tipo, y da vida a la falsa creencia de que se está incrementando la participación en la esfera pública, cuando en realidad ha suscitado el fenómeno contrario, el estrechamiento y “sofisticación” de los espacios de conversación, ya que, como en la polis griega, sólo pueden manifestar su opinión y sus argumentos los ciudadanos legítimos.
La apuesta por los esquemas de conversatorio en la televisión pública cumplen con la intención de mantener el carácter dialógico propio de los círculos desde donde se piensa la sociedad, pero teniendo en cuenta el carácter limitado de la participación del televidente que no puede hacerlas de contertulio, nos vemos enfrentados a lo que podría nombrarse como una esfera publicada, es decir, el medio como el lugar de legitimación de la experticia y del reconocimiento del propio rol, en este caso uno de superioridad, de poder, en la sociedad.
John Keane hablaba del carácter legitimador por excelencia que tenía el medio sobre quienes aparecían en él, claro que teniendo en cuenta la forma en que se daba esa visibilidad:
“(…) los medios públicos –que a este respecto no se diferencian de sus competidores comerciales- distribuyen desigualmente las posibilidades de hablar y de ser visto y oído. Estos medios establecen una plantilla de personal habitual –periodistas, presentadores, comentadores, expertos académicos, hombres de negocios, políticos, sindicalistas y personalidades culturales- que se convierten en representantes acreditados de la experiencia y del gusto del público gracias a su participación regular en la pantalla.”
Teniendo en cuenta lo anterior, concuerdo con Thompson cuando afirma que “el activo debate entre ciudadanos informados ha sido reemplazado por la apropiación privada de una conversación llevada en su nombre” , que resulta complementado por las afirmaciones que Keane cuando afirmaba que: “el alegato de la representatividad del servicio público es una defensa de la representación virtual de un todo ficticio, un recurso a la programación que simula las opiniones reales y los gustos de algunos de aquellos al que va dirigido.”
Es una falsa esperanza creer que los medios públicos y masivos de comunicación como la televisión se constituyen en una nueva manifestación de la esfera pública, cuando en realidad es el medio mismo el que determina cómo y sobre qué se participa y él mismo es actor en una esfera pública más amplia, en la que deviene sujeto activo desde sus posiciones políticas, económicas y culturales.
La participación verdaderamente democrática de los ciudadanos, su visibilidad activa, se encuentra muy alejada de acceder a los medios, y desde ellos producir sus propias representaciones, porque el medio es un actor político camuflado, no se le permite ser plural y mucho menos neutral. Reflejo insoportable de nuestras propias construcciones sociales antidemocráticas, que no podrán transformarse por los imaginarios de equidad de los que sí se puede hablar en la televisión pública.
1. KEANE, John. La democracia y los medios de comunicación en Revista Internacional de Ciencias Sociales. Nº 129, Pág. 549-568. UNESCO, 1991.
2. THOMPSON, John. Los Media y la Modernidad. P. 176. Paidós, Barcelona, 1998.
3. KEANE, John. La democracia… P. 556.
Por Alejandra Castaño Echeverri
En el capítulo La transformación de la visibilidad el autor aborda el impacto de los medios de comunicación modernos en los avatares de la vida política y social. Su enfoque se refiere a las nuevas formas de interacción propuestas desde los media, de las cuales resalta la innecesaria espacialidad y temporalidad, propias de la interacción cara a cara, y que han impactado las maneras de ser visible con no pocas consecuencias. Afirma Thompson que uno de los efectos de la relación política-medios es el crecimiento del auditorio, por lo cual el político se encuentra expuesto a mayores niveles de control, lo que, si no es manejado estratégicamente, puede resultar contraproducente. Lo anterior es ejemplificado por el autor desde los cambios tecnológicos y de propiedad en los medios, el ejercicio mismo del periodismo y los ajustes que la cultura política ha sufrido en un afán de adaptación y uso eficaz de las posibilidades mediáticas.
Sin embargo, aunque Thompson bordea casi sin querer el tema, omite la relación de los medios con las esferas del poder económico y político, viéndolos como inmunes a las pugnas y conflictos de intereses, a las relaciones de poder.
Lo anterior lo desarrollaré a la luz de las prácticas de la televisión pública en el contexto colombiano donde tener poder es garantía de visibilidad y no lo contrario.
En los medios de televisión pública el ciudadano común no adquiere poder gracias a la visibilidad que el medio le otorga, además si analizamos esa visiblidad, casi que podríamos compararla con la del buen salvaje. El ciudadano del común alcanza la visibilidad en los medios televisivos –públicos y privados- siempre que “su testimonio” dé cuenta de un argumento creado por el productor, el interventor o el patrocinador del programa. El ciudadano del común no puede pedir ni tomarse la palabra, no puede opinar de lo que no le hayan preguntado previamente, no puede participar como individuo en lo que hemos dado en llamar la nueva esfera pública creada por los medios masivos de comunicación.
Lo que ha cambiado con el paso de las épocas y los avances tecnológicos para los medios y con la creación de esferas las públicas virtuales, no ha sido necesariamente la visibilidad en términos de su incremento, lo que ha variado son las relaciones de poder publicadas por el medio, específicamente para el caso de la televisión. En ella, debes ser poderoso para ser visible.
Debemos partir por reconocer que nuestra televisión pública se sostiene sobre la premisa de ser un medio con sentido, con propósitos, una televisión que busca –desde hace más de 50 años cuando lo afirmó Rojas Pinilla en la inauguración de la televisión- el crecimiento en educación y cultura de la ciudadanía. Esta sencilla consideración hace que la visibilidad desde la televisión pública no pueda ser leída como lo hace Thompson, al contrario, ser sujeto y objeto de visibilización por parte de la “buena” televisión concede estatus insospechados y comunidades de legitimación de la opinión que, si no fuera por sus cuestionables modelos de representación, serían mayormente tomadas en cuenta.
En nuestras televisiones públicas son comunes tres tipos de personajes visibles: el funcionario público, el experto académico y el ciudadano del común. El primero, normalmente, es el patrocinador del programa en el que aparece. El segundo es invitado a debatir sobre temas de actualidad e interés común, aportando su mirada erudita y validando sus estudios y disertaciones sobre el tema. El tercero es el caso, el objeto o sujeto representativo de lo que se está hablando –o experiencia significativa, como se nombra en el argot del medio-, es sobre quien recae la acción y nunca quien la propone.
En nuestros espacios publicados de conversación poco es reconocible que vivimos en una época donde se habla desde el género, desde las minorías raciales y religiosas, desde la oposición ideológica y política, lo anterior en un marco donde la democracia ondea bullosa y triunfante y a su imaginario se alude antes de casi cada manifestación de la opinión permitida. Pero, ¿dónde en los medios públicos, específicamente en la televisión, estos grupos antes marginados tienen su propia representación, su propio espacio de participación y opinión? No los hay, y cuando se les conceden es para devenir tema, reducidos en sus características y problemáticas coyunturales.
En nuestra televisión pública resalta la mirada institucional, que es la mirada del patrocinador, del cliente a la vez, es la mirada y la palabra que no admite cuestionamientos, que no admite divergencias. Nuestros reporteros –que no periodistas- poco se asemejan a lo que fueron sus colegas de épocas pasadas, mirando con desdén sus cualidades inquisitivas, indagadoras, cáusticas, deliberantes y denunciadoras.
Los productores y patrocinadores de la televisión pública han cerrado filas en contra de la opinión, a la cual admiten únicamente si es invitada por ellos. La vida real y la información en la televisión pública se desdibuja en imaginarios, su crudeza, siendo secreto a voces, se maquilla.
El funcionario público, fiel creyente de las teorías funcionalistas y conductistas (Laswell, Merton) de la comunicación, encuentra en su espacio pagado el medio idóneo para dar a conocer sus planes y logros, para encauzar las acciones de los ciudadanos desprevenidos, para dar un paso hacia su anhelada transformación social. Dicha visibilidad, tan aplaudida por sus subalternos, sólo logra engrosar sus indicadores de gestión.
Estas manifestaciones han contribuido al crecimiento en la sensación de que lo público, efectivamente, engrosa las propuestas mediáticas de este tipo, y da vida a la falsa creencia de que se está incrementando la participación en la esfera pública, cuando en realidad ha suscitado el fenómeno contrario, el estrechamiento y “sofisticación” de los espacios de conversación, ya que, como en la polis griega, sólo pueden manifestar su opinión y sus argumentos los ciudadanos legítimos.
La apuesta por los esquemas de conversatorio en la televisión pública cumplen con la intención de mantener el carácter dialógico propio de los círculos desde donde se piensa la sociedad, pero teniendo en cuenta el carácter limitado de la participación del televidente que no puede hacerlas de contertulio, nos vemos enfrentados a lo que podría nombrarse como una esfera publicada, es decir, el medio como el lugar de legitimación de la experticia y del reconocimiento del propio rol, en este caso uno de superioridad, de poder, en la sociedad.
John Keane hablaba del carácter legitimador por excelencia que tenía el medio sobre quienes aparecían en él, claro que teniendo en cuenta la forma en que se daba esa visibilidad:
“(…) los medios públicos –que a este respecto no se diferencian de sus competidores comerciales- distribuyen desigualmente las posibilidades de hablar y de ser visto y oído. Estos medios establecen una plantilla de personal habitual –periodistas, presentadores, comentadores, expertos académicos, hombres de negocios, políticos, sindicalistas y personalidades culturales- que se convierten en representantes acreditados de la experiencia y del gusto del público gracias a su participación regular en la pantalla.”
Teniendo en cuenta lo anterior, concuerdo con Thompson cuando afirma que “el activo debate entre ciudadanos informados ha sido reemplazado por la apropiación privada de una conversación llevada en su nombre” , que resulta complementado por las afirmaciones que Keane cuando afirmaba que: “el alegato de la representatividad del servicio público es una defensa de la representación virtual de un todo ficticio, un recurso a la programación que simula las opiniones reales y los gustos de algunos de aquellos al que va dirigido.”
Es una falsa esperanza creer que los medios públicos y masivos de comunicación como la televisión se constituyen en una nueva manifestación de la esfera pública, cuando en realidad es el medio mismo el que determina cómo y sobre qué se participa y él mismo es actor en una esfera pública más amplia, en la que deviene sujeto activo desde sus posiciones políticas, económicas y culturales.
La participación verdaderamente democrática de los ciudadanos, su visibilidad activa, se encuentra muy alejada de acceder a los medios, y desde ellos producir sus propias representaciones, porque el medio es un actor político camuflado, no se le permite ser plural y mucho menos neutral. Reflejo insoportable de nuestras propias construcciones sociales antidemocráticas, que no podrán transformarse por los imaginarios de equidad de los que sí se puede hablar en la televisión pública.
1. KEANE, John. La democracia y los medios de comunicación en Revista Internacional de Ciencias Sociales. Nº 129, Pág. 549-568. UNESCO, 1991.
2. THOMPSON, John. Los Media y la Modernidad. P. 176. Paidós, Barcelona, 1998.
3. KEANE, John. La democracia… P. 556.
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